Los rostros de la gente eran de derrota, de sueños rotos, de confusión. Eran probablemente 600 mexicanos, probablemente 1000 personas, contando a los centroamericanos y otras nacionalidades. No faltó algún cínico que de inmediato declaró que estaría de regreso a los pocos días, como tantas veces lo había hecho. Seis, según él.
Pero las mujeres eran diferentes. Nunca dudaron que su prioridad eran sus hijos, a quienes habían dejado encargados a niñeras mientras trabajaban ($100.00) por semana, mientras ellas trabajaban doce horas diarias. Para otras, la aflicción era que, al llegar sus hijos de la escuela, no hubieran encontrado a sus padres, porque dejar solos a menores de 16 años es delito en Nebraska. Ellas solamente querían que sus hijos supieran su paradero.
A todos los arrestaron alrededor del mediodía, sin darles tiempo de nada. Como dicen ellos "ni siquiera nos dieron quebrada para lavar y guardar la herramienta, porque si no lo hacemos, nos la cobran."
Eran tantos que las instalaciones de la base militar en la que estaban alojados resultaron insuficientes, y al recibirlos de golpe no había jabón, alimentos suficientes o servicio de teléfono. Nadie previó una detención tan grande y extendida.
Nosotros llegamos al día siguiente. Con cuestionarios sobre la historia de cada uno de los detenidos, estatus migratorio, derechos laborales. Solamente querían que los dejéramos hablar por teléfono, aunque sea un minuto. Entonces les permitimos utilizar nuestros teléfonos celulares, y los rostros cambiaron. Aparecieron la esperanza y la tristeza.
Cuando ofrecimos el servicio, una persona se levantó espontáneamente para solicitar el teléfono "¡Yo primero, señor!" Le respondí con una pregunta: "¿Y por qué usted? ¿Por qué no el señor de al lado?" Tiene usted razón. No tengo por qué ser yo el primero, respondió. Pero ningún otro de sus compañeros reclamó el auricular, y nadie se adelantó hasta que otro de los detenidos me pidió: "Déjelo hablar primero, su hijo está muy enfermo." Entonces explicaron que el niño de nueve años padecía cáncer y lo acababan de operar, precisamente ese día.
A pesar de la brevedad de las llamadas y a la relativa arbitrariedad con que se manejaron -tenían prioridad las madres- todos lo agradecieron mucho.
1 comentario:
Resumido pero concreto: de gran fortaleza, pero sin afan de hostigar; no es necesario explicar más, así ocurrió, así se vivió y el "final" ya lo conocemos. Y no hablo del número de detenidos, ni de los niños repatriados, ni de los permisos de trabajo que aún están en el más sofocante suspenso. Lo sabes tú, lo sé yo. Y si he de ser sincero, después del pánico tan peculiar que sólo el latino es capaz de crear, comprendí que ICE había provocado una reacción mayor que aquella generada por las multitudinarias demostraciones de fuerza latina en territorio estadounidense. La acción de ICE tuvo más repercuciones de las que los medios se atrevieron a mencionar, repercuciones que a posterori podrían costar a los gobiernos de ambos países mucho más que a las propias familias de los detenidos. Sin siquiera pensarlo, ICE encendió los focos rojos dentro de las esferas de poder. La migración no es más un tema disimulado -al grado habérsele mitificado- mediante documentales que arrancaran lágrimas por los pobresitos paisanos que cruzan nadando, corriendo o escalando hacia este lado. Los focos rojos se encendieron en la bolsa, en las mesas de comensales, en los sistemas sociales de las minisociedades que han resurgido gracias a los gloriosos países de Escárcega, Chichihualco, Vilachuato, Nacozari (y otros mundos alternos qué seguramente nadie se imagina), en las fallas logíticas de un gobierno que no tiene prisa por salir de la hipocresía, y en su contraparte, que vaya si se movilozó para recibir con los brazos "abiertos" a esos más de 700 mexicanos que regresaron a casa -irónicamente con un viaje regalado que ni "El Borras" pudo haber planeado- con los sueños resquebrajados o intentando recordar el número del pollero de confianza.
-¿Y dónde está la protección?- se exacerbaba el esposo de una connacional. -Señor, su esposa trabajaba con documentos falsos- contestaba yo inocentemente. -Pues al menos aquí tenía trabajo pen%&/...- Qué razón tenía (a veces dudo si tomar la expresión con toda su carga).
Protección en tierra ajena, cortina de humo pa' quedar bien. (Después de todo, nadie se larga porque lo vistan con calzón de oro.)
He escuchado que la mano divina no siempre lo parece tanto, pues de algún modo nos tiene que hacer entender. Yo soy ferviente creyente de que el 12 de diciembre no fue una coincidencia, ni tampoco un malevolo plan de los gringos para desmoralizar a los paisanos. Pienso que el milagro está más allá de que se apruebe una reforma sobre el tema. El verdadero milagro está en que la sociedad despierte y demande justicia para nuestros paisanos, no contra EE.UU., sino contra nuestro propio Estado de Derecho.
Las remesas algún día se han de terminar, y el petroleo ya no lo va a poder compensar...
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