domingo, enero 14, 2007

Los rostros de la gente eran de derrota, de sueños rotos, de confusión. Eran probablemente 600 mexicanos, probablemente 1000 personas, contando a los centroamericanos y otras nacionalidades. No faltó algún cínico que de inmediato declaró que estaría de regreso a los pocos días, como tantas veces lo había hecho. Seis, según él.

Pero las mujeres eran diferentes. Nunca dudaron que su prioridad eran sus hijos, a quienes habían dejado encargados a niñeras mientras trabajaban ($100.00) por semana, mientras ellas trabajaban doce horas diarias. Para otras, la aflicción era que, al llegar sus hijos de la escuela, no hubieran encontrado a sus padres, porque dejar solos a menores de 16 años es delito en Nebraska. Ellas solamente querían que sus hijos supieran su paradero.

A todos los arrestaron alrededor del mediodía, sin darles tiempo de nada. Como dicen ellos "ni siquiera nos dieron quebrada para lavar y guardar la herramienta, porque si no lo hacemos, nos la cobran."

Eran tantos que las instalaciones de la base militar en la que estaban alojados resultaron insuficientes, y al recibirlos de golpe no había jabón, alimentos suficientes o servicio de teléfono. Nadie previó una detención tan grande y extendida.

Nosotros llegamos al día siguiente. Con cuestionarios sobre la historia de cada uno de los detenidos, estatus migratorio, derechos laborales. Solamente querían que los dejéramos hablar por teléfono, aunque sea un minuto. Entonces les permitimos utilizar nuestros teléfonos celulares, y los rostros cambiaron. Aparecieron la esperanza y la tristeza.

Cuando ofrecimos el servicio, una persona se levantó espontáneamente para solicitar el teléfono "¡Yo primero, señor!" Le respondí con una pregunta: "¿Y por qué usted? ¿Por qué no el señor de al lado?" Tiene usted razón. No tengo por qué ser yo el primero, respondió. Pero ningún otro de sus compañeros reclamó el auricular, y nadie se adelantó hasta que otro de los detenidos me pidió: "Déjelo hablar primero, su hijo está muy enfermo." Entonces explicaron que el niño de nueve años padecía cáncer y lo acababan de operar, precisamente ese día.

A pesar de la brevedad de las llamadas y a la relativa arbitrariedad con que se manejaron -tenían prioridad las madres- todos lo agradecieron mucho.
12 de diciembre de 2006

-Eran varias mujeres, más de cinco. Todas arrestadas en Grand Island, Nebraska. Todas de Cuauhtémoc, Chihuhahua. Todas güeras, ojizarcas; norteñas tenían que ser. Una de ellas me preguntó por qué las habían arrestado. "Porque trabajan sin documentos, señora." Entonces, prosiguió ¿nos arrestaron sólo por trabajar decentemente? No, señora, le respondí. La causa de su arresto es que todos ustedes usaban documentos falsos, y ese es un crimen federal, que los gringos no como quiera perdonan. "Pues ustedes que tienen tanta tecnología pueden revisar y comprobar que la gente a la que le compramos esas licencias y esas actas de nacimiento no han cometido ningún crimen y no han matado a nadie ni han robado nada." No hablábamos el mismo idioma. Tal vez ni siquiera habitábamos el mismo mundo.